El día de la lealtad

17 de Octubre 1945/ 2016

La revolución de los trabajadores

“…Queremos que el pueblo, todo el pueblo, y no una ínfima parte del pueblo, se gobierne a sí mismo, y porque deseamos que todo el pueblo adquiera la libertad económica que es indispensable para ejercer las facultades de autodeterminación, somos pues, mucho más demócratas que nuestros adversarios, porque buscamos una democracia real, mientras que ellos defienden una apariencia democrática, la forma externa de la democracia”

Juan Domingo Perón, Doctrina Peronista, 1947

El peronismo es un movimiento político que auspicia la construcción de una nueva concepción de democracia: una democracia social, popular y participativa.

En ella busca romper con el rol que el individualismo capitalista asigna al ciudadano de solamente votar y consumir. Un camino materialista que lo condena a desarrollar la escuela nefasta y negativa de ganar haciendo el mal a los demás, en vez de ganar siendo mas capaz y moral que los otros.

La democracia popular busca romper con el sentido superficial y falso de la democracia liberal, carente de sentido social y de sentido político solidario, que no sólo ha hecho de cada hombre un lobo, sino que ha hecho lanzar unas naciones contra las otras.

Para ello estimula la participación de la comunidad en una acción creativa y de definición de políticas de estado que le permitan configurar la sociedad donde desee vivir.

No se trata solamente de elegir representantes sino además, de participar de los procesos que elaboren las políticas que nos definan como nación.

En esta dirección inversa al egoísmo individualista, tiende al desarrollo creciente de solidaridades comunitarias cada vez mayores hasta lograr la ansiada Unidad Nacional, única herramienta capaz de garantizar la consolidación de la justicia social y alcanzar entonces la liberación.

La trampa de una falsa democracia

Las mal llamadas «sociedades de consumo» son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto, porque el gasto produce lucro. Se despilfarra mediante la producción de bienes innecesarios o superfluos y, entre éstos, a los que deberían ser de consumo duradero, con toda intención, se les asigna corta vida, porque la renovación produce utilidades.

Se gastan millones en inversiones para cambiar el aspecto de los artículos, pero no para reemplazar los bienes dañinos para la salud humana, y hasta se apela a nuevos procedimientos tóxicos para satisfacer la vanidad humana.

No menos grave resulta el hecho de que los sistemas sociales de despilfarro de los países tecnológicamente más avanzados funcionan mediante el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el «tercer mundo».

De este modo, el problema de las relaciones dentro de la humanidad es paradójicamente doble: algunas clases sociales -las de los países de baja tecnología en particular- sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades pero, al mismo tiempo, las clases sociales y los países que asientan su exceso de consumo en el sufrimiento de los primeros, tampoco están racionalmente alimentados ni gozan de una auténtica cultura o de una vida espiritual o físicamente sana. Se debaten en medio de la ansiedad, el tedio y los vicios que produce el ocio mal empleado.

Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse. Mientras un fantasma -el hambre- recorre el mundo devorando 55 millones de vidas humanas cada 20 meses, afectando hasta los países que ayer fueron graneros del mundo y amenazando expandirse de modo fulmíneo en las próximas décadas, en los centros de más alta tecnología se anuncia permanentemente el nacimiento nuevos eventos que supuestamente van a resolver los problemas del mundo.

Una ilusión inundada de celulares de sofisticación inaudita, nanotecnología y autos voladores que sólo llenan materiamente una vida vacía de espíritualidad y sin rumbo. La separación dentro de la humanidad se está agudizando de modo tan visible que parece que estuviera constituida por más de una especie.

El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras desarrolla este mundo tecnificado de acceso para unos pocos, mata al oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas. Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar que podía servirle de última base de sustentación.

Ante esta dramática situación los sistemas políticos han demostrado su impotencia. Se han evidenciado como paladines de una falsa democracia donde la supuesta igualdad jurídica queda palmariamente impugnada por la cruel realidad donde la injusticia social sigue marcando su descarnada impronta.

Esta falsa democracia subsiste alentando una participación ciudadana que si bien se manifestaba progresista en el siglo XVIII donde desplazaba a una monarquía feudal basada en el anacrónico “derecho divino de los reyes”, a demostrado hoy su agotamiento transformándose en un aliado de las plutocracias que dominan al mundo.

Queda demostrado que la participación de la Comunidad dentro de los marcos propuestos por las democracias liberales no logran desarrollar la madurez comunitaria. Esto permite a las plutocracias dominantes jugar sus enormes recursos económicos para influenciar sobre el horizonte directivo de los paises subdesarrollados, acentuando sus contradicciones internas y provocando enfrentamientos sociales, políticos o culturales que garantizan su sometimiento colonial.

Se debe construir una forma de representación política que quebrando la actitud individualista, genere el aumento de la conciencia solidaria de la comunidad, única forma de recuperar la confianza en las instituciones y terminar con las contradicciones permanentes sobre las cuales se sostiene un sistema de dominación anacrónico.

La hora de los pueblos

Históricamente, las masas populares no podían participar de la creación de los normas debido a que el sistema las mantenía injustamente relegadas, en un estado de incomunicación y analfabetismo.

La consecuencia lógica de esta situación era que los nuevos principios e ideas de cada época eran delineados por pensadores y filósofos intelectualmente capacitados y el poder político era ejercido por una clase política profesional (o vanguardia esclarecida en el marxismo dogmático) quedando la masa como espectadora de los sucesos.

Pero la revolución cultural en la que el mundo actual está inmerso, a provocado que los pueblos estén hoy altamente capacitados para la toma de decisiones trascendentales.

Esta circunstancia condiciona la organización de cualquier nuevo modelo de representación política.

Para volver a creer en las instituciones políticas los pueblos deben sentirse representados por ellas, y eso sólo será posible si los nuevos sistemas les permiten expresarse y desarrollarse en la plenitud de sus potencialidades.

Las nuevas ideologías deberán ser creadas entonces, en un nuevo ámbito de participación donde se garantice la acción creativa del conjunto de la Comunidad, para que sea el mismo pueblo en su decisión soberana quien sostenga las transformaciones necesarias y así como el esfuerzo a realizar.

Se trata de recuperar el sentido último de la democracia expresado en la antigua Grecia, donde lo importante no era cumplir con las normas que sostenían legalmente la comunidad. sino participar del proceso de Creación de las mismas en la “Ecclesia”.

Lo que brinda el sostén ético a los procesos políticos es la voluntad del ciudadano de solidarizarse con el resto de la comunidad. Esta voluntad no puede ser reducida hoy al cumplimiento de las obligaciones emanadas por la aplicación de normas regladas por un conjunto de iluminados.

Para que los pueblos puedan llevar adelante esta transformación revolucionaria deben tener a su disposición una herramienta institucional que ordene y armonice este multitudinario proceso de autodeterminación popular.

Un joven Coronel Perón pudo observar este fenómeno de las masas pugnando por su inclusión en las decisiones políticas en su viaje a Europa en 1938. Se dispuso entonces a construir una alternativa revolucionaria congruente con el nuevo hombre que nacía.

La dignificación Social

Sin embargo al volver a la Argentina e intentar poner en marcha sus nuevas ideas, comprendió que un proceso de autodeterminación popular como el que quería impulsar debía estar precedido de un profundo proceso de dignificación social. El capitalismo y su ideología individualista había provocado la exclusión de los pueblos de las decisiones políticas y la explotación brutal y la postergación de los trabajadores, que eran tratados prácticamente como animales sin derechos sociales ni políticos.

Cualquier organización política popular debía pasar previamente por un proceso de justicia social y de dignificación de esas clases postergadas y olvidadas.

Recuperar el sentido de dignidad y solidaridad de los trabajadores era el paso previo para su organización política. No era solamente un acto de solidaridad cristiana, era un acto profundamente anticolonialista y revolucionario.

Este proceso de dignificación social comenzó a ser desarrollado por el Coronel Perón desde la Secretaría de Previsión.

No prometía nada, no le hablaba al ciudadano distante, simplemente convocaba a la defensa de esos derechos que imponía con su acción desde la Secretaría de Trabajo y Previsión.

No había en el Coronel el acto de desdén de la caridad oligarca. Todas las conquistas sociales que fue llevando adelante eran simplemente actos de justicia.

Aplicaba en su trato afectuoso y sus gestos de respeto, un bálsamo que intentaba curar la actitud recelosa y desconfiada de los trabajadores acostumbrados a la indiferencia y el desdén del individualismo capitalista que los había “cosificado” al tratarlos como valor de intercambio.

El Coronel necesitaba que estos hombres inocentes y humildes recuperaran su dignidad, para lanzarlos a la epopeya de construir una nueva democracia popular donde pudieran crear y modelar sus destinos junto con el de la nación.

Más allá de las conquistas y beneficios sociales que el amparo de un Estado por primera vez a favor de los trabajadores brindaba, se encontraba el reconocimiento de la verdadera dimensión humana en pos de recuperar una autonomía creadora puesta al servicio de una solidaridad hacia sus hermanos.

No fueron los buenos sueldos, ni la jubilación, ni el aguinaldo lo que conquistó el corazón de los humildes.

Fue el abrazo solidario que significó el reconocimiento de su verdadera dimensión como protagonistas insustituibles de la nueva Argentina. Una solidaridad que quedó plasmada en una sencilla palabra, expresada por el incipiente líder en la ciudad de Rosario: Compañeros!

Compañeros en una tarea común, compañeros solidarios en el enfrentamientos de las injusticias, compañeros en la defensa de los derechos reconquistados, compañeros en la defensa de una nueva concepción soberana.

Una sencilla palabra que significaba la autonomía recuperada del hombre nuevo de la hora de los pueblos.

La vanguardia descamisada

Las grandes revoluciones sociales siempre han tenido una “vanguardia” tanto en el plano teórico de su concepción como en el plano práctico de su ejecución.

Las vanguardias legítimas caracterizadas por la lucidez política de una elocuente interpretación de la realidad, han desencadenado siempre las grandes transformaciones de la conciencia colectiva.

Fueron conformadas por aquellos sectores de la población más predispuestos a asumir los más altos riesgos de compromiso militante. Generaron tanto la expansión como la profundización del motivo revolucionario planteado desde la posibilidad y la necesidad histórica.

Lógicamente estas vanguardias inicialmente, están nutridas por ideólogos y pensadores que van abriendo nuevos “sentidos existenciales” en el resto de la comunidad a la luz de sus nuevos principios.
En un proceso de crecimiento gradual, estos grupos esclarecidos, conformarán luego núcleos revolucionarios, que al vincularse entre sí, irradiarán las nuevas premisas, hasta lograr un espacio político suficiente para lanzarse a la toma del poder.

El peronismo, en cambio, fue una revolución de características especiales ya que fue realizada no desde el llano horizontal del debate ideológico revolucionario, sino desde una parte del propio poder vertical del gobierno, en circunstancias históricas tan especiales como inéditas en la historia de nuestra Nación.
Esta posibilidad permitió llegar masivamente a miles de trabajadores para poner en marcha el proceso de dignificación social que modificó para siempre el destino de la Argentina.

Esta dignificación conquistó el corazón de los humildes que comprendieron el sentido revolucionario del justicialismo en carne propia y transformaron esa vivencia personal en un compromiso con los nuevos postulados.

Esa dignificación social permitió que todo un pueblo, fundamentalmente los obreros, se transformara en una vanguardia popular, masiva y revolucionaria.

Evita la llamó: la vanguardia descamisada.

Fueron los trabajadores los que demostraron el máximo grado de compromiso con la revolución justicialista. Fueron los que estuvieron presentes en los días claves de la historia del peronismo y a ellos siempre apeló el líder para enfrentar las circunstancias políticas difíciles.

Las convicciones políticas se comprenden, se profundizan y se afianzan con pensamientos, hechos, análisis y vivencias, pero cuando empiezan a transformarse en sentimientos como la lealtad y el amor, es cuando alcanzan su máxima dimensión trascendente.

Ese sentimiento del pueblo hacia Perón quedó sellado definitivamente el 17 de octubre de 1945, cuando los trabajadores rescataron a su líder de la prisión en la que sus enemigos lo habían confinado ante la dubitativa actitud de sus propios dirigentes.

Al caer preso por la incomprensión política de sus antiguos compañeros y las presiones de la oligarquía, los trabajadores se movilizaron para rescatar a quien los había reconocido por primera vez en la historia como los verdaderos protagonistas.

El 17 de octubre de 1945 ese pueblo dignificado salió a la calle y a la historia, a recuperar a su hermano, a su compañero.

Fue simplemente un acto de lealtad.

Introducción

El hombre nuevo

Una oportunidad histórica

Contenido:

1. Una oportunidad histórica
2. La hora de los pueblos
3. La dignificación Social

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La Argentina Visible

La oligarquía reacciona

Contenido:

1. La Argentina Visible
2. Se polariza la lucha
3. La marcha de la libertad
4. La renuncia de Perón

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17 de octubre de 1945

El subsuelo de la patria sublevado

Nace la vanguardia descamisada

Contenido:

1. La detención de Perón
2. En la Isla
3. El pueblo y su líder

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Video/ Homenaje al día de la lealtad

Música de Hugo del Carril

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