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El largo camino de la unidad

Urgencias y emergencias…

El movimiento nacional enfrenta un tiempo de urgencias y emergencias. La emergencia es que debemos recuperar el sentido revolucionario del peronismo hoy desdibujado en el entramado de participación liberal en la cual se desarrolla la acción política argentina. Debemos sumar a esto la urgencia de presentar una alternativa en el 2019 para poder doblegar al neocolonialismo representado por Mauricio Macri y sus secuaces que nos arrastran en un clima de confrontación entre argentinos, a una crisis que pone en peligro nuestro futuro como Nación. La emergencia de la recuperación del sentido revolucionario del peronismo nos impone una perspectiva a largo plazo, pero el sólo intento de poner en marcha ese sendero puede ordenar nuestras fuerzas y predisponer los sentimientos que permitirán facilitar la construcción de una alianza para enfrentar la urgencia en 2019.

La liberalización del movimiento nacional

La muerte del General Perón y la posterior implosión del movimiento, patentizó en forma dramática la soledad estratégica que sufrió el líder en toda su vida política. El movimiento pivoteó desde sus orígenes en un poder consolidado por el apoyo de los trabajadores argentinos movilizados por la dignificación social que produjo la revolución justicialista, y consolidado por un lazo de férrea lealtad y amistad hacia Juan Perón y Eva Perón.

Las dirigencias acompañaron coyunturalmente las distintas etapas de la revolución pero nunca lograron la maduración institucional necesaria para consolidar la toma del poder que la nueva democracia soñada por Perón necesitaba.

La soledad estratégica del líder quedó demostrada en el olvido de las dirigencias de su última actualización doctrinaria: el Modelo Argentino. Este abandono de los objetivos estratégicos del justicialismo derivó en una involución de su identidad política hasta acomodarlo como una expresión nacional-popular del entramado neoliberal, una especie de partido social demócrata o nacional popular de acuerdo a las circunstancias electorales.

La liberalización del movimiento provocó que se desvirtuara la función de predicación y construcción de conciencia revolucionaria sobre una democracia nueva, una democracia integrada que elevara la cultura social del pueblo, adoptando una orgánica más allegada a la lucha de círculos típicos de los movimientos liberales.

El peronismo dejó de lado la impugnación al demoliberalismo aceptando su inserción en la democracia colonial. La lucha política se transformó exclusivamente en un camino hacia el gobierno como herramienta única de construcción de poder. En ese sendero fueron surgiendo en el movimiento nacional dos polos de disociación que tomarían las características de las distorsiones típicas de las expresiones liberales caracterizadas por Juan Perón en 1946 al analizar el entramado de las fuerzas de la Unión Democrática que enfrentaban en ese entonces al movimiento nacional.

Por un lado una tendencia discursivamente progresista típica de las expresiones de izquierda caracterizado por una identidad confrontativa  y sectaria, que primero lo detiene en su crecimiento y luego lo divide. Por otro lado una tendencia de discurso más moderado, inorgánica aglutinada sentimentalmente y aferrada a fórmulas dogmáticas que cierran la acción de los cuadros para limitarlo al dominio de un círculo estrecho de pocos dirigentes que tiende a la disociación por falta de aglutinación material en el desarrollo de la acción política.

También Daniel James en su libro sobre la resistencia peronista caracterizaba estos polos de disociación como Integradores y Resistentes. Definía a los resistentes cómo los sectores de izquierda del movimiento que cubrían su ausencia de convicción sobre los objetivos revolucionarios del peronismo con un purismo confrontativo sin construcción de una esperanza alternativa. Los integradores en cambio eran sectores del movimiento que habían logrado alguna cuota de poder dentro del entramado liberal, una diputación o gremio o intendencia, etc. y que cubrían su funcionalidad liberal a espaldas de la conducción de Perón, con un falso dogmatismo peronista basado en una visión historicista y tradicionalista sin relación con la realidad colonial de su actitud.

En el tercer  gobierno de Perón el líder caracterizaría a las fuerzas que tendían a la disociación en esas épocas de “fiebre sucesoria” como apresurados y retardatarios. “(…). Es indudable que en todos los movimientos revolucionarios existen tres clases de enfoques: de un lado, el de los apresurados, que creen que todo anda despacio, que no se hace nada porque no se rompen cosas ni se mata gente.”

“Otro sector está formado por los retardatarios, esos que no quieren que se haga nada, y entonces hacen todo lo posible para que esa revolución no se realice. Entre estos dos extremos perniciosos existe un enfoque que es el del equilibrio y que conforma la acción de una política, que es el arte de hacer lo posible: no ir más allá ni  quedarse más acá, pero hacer lo posible en beneficio de las masas, que son las que más merecen y por las que debemos trabajar todos los argentinos.”

Diversidad o disociación

Aceptar a la democracia liberal como forma de construcción política impide el crecimiento de una solidaridad comunitaria y un aumento de la confianza ciudadana. Cerrada esa posibilidad -siguiendo esa lógica de análisis- todo depende de la capacidad de un equipo de gobierno. La lucha política se circunscribe exclusivamente a acceder al estado como forma de construcción de poder. La política se transforma en electoralista.  El final de la “Década Ganada” demostró que no es suficiente la intencionalidad de un gobierno para romper los lazos coloniales. No es posible la liberación en el contexto participativo del liberalismo que alienta la confrontación social, estimulando una meritocracia que congela la injusticia criminal del capitalismo financiero.

En realidad las distintas fuerzas que hoy operan en el Movimiento Nacional tratan de interpretar análisis coyunturales diversos que podrían ser absolutamente válidos si el movimiento tuviera claro el punto de convergencia final. Sin embargo la ausencia de un destino común invierte la pirámide y la diversidad hacia un destino único se transforma en disociación divergente. La falta de objetivos comunes muta las interpretaciones coyunturales en supuestos credos estratégicos que degeneran en absolutos irreconciliables. La confrontación genera una lucha de sectores y caudillos que se agrava con el transcurso del tiempo en acciones y reacciones que personalizan las discrepancias, nublan el análisis y distorsionan los objetivos últimos.

También la adopción de formas de construcción de poder del liberalismo desdibuja el sentido del enemigo del movimiento nacional. Nos nivela hacia abajo y de esa manera la comunidad empieza a ver al peronismo como una fuerza más dentro de una democracia colonial.

Debemos ser claros ante nuestra comunidad: o luchamos para ser gobierno dentro de una democracia fosilizada o luchamos por ser un gobierno que plantee terminar con una forma de participación política colonial y que  construya una nueva forma de democracia que nos libere.

La acción de los dirigentes del peronismo es fundamental. Si los dirigentes se presentan como los salvadores de la patria, o el mejor equipo de los 50 años o una vanguardia esclarecida, estaremos en problemas. El dirigente peronista debe incluir a la comunidad como elemento insustituible de la construcción política. Por eso es importante que transparente los principios y la tabla de valores con los cuales ordena su acción política y vincule su construcción teórica con los principios comunes que anidan en el pueblo. Nuestras tres banderas históricas son el basamento de la unidad conceptual que nos puede permitir “hacer por reflejo lo que el pueblo quiere”.

El punto de convergencia que nos debe unir a todos los peronistas es el de construir una nueva democracia, una democracia que eleve la cultura social del pueblo permitiendo la organización creciente de su solidaridad hasta alcanzar la deseada Unidad Nacional.

Pongamos al movimiento en movimiento

Debemos dejar claro que no luchamos por ser gobierno dentro de un sistema del sistema liberal sino que queremos una nueva forma de democracia que construya una nueva argentina.

Se trata de promover una nueva democracia donde la participación del ciudadano puede expresar la potencialidad cultural que hoy la enorme revolución tecnológica le permite. Pero para ello debe abandonar la compartimentación individualista en la que lo ha encerrado un neoliberalismo materialista.

El camino de la liberación depende nuevamente de despertar la conciencia social de la comunidad argentina proclamando la necesidad de desarrollar una solidaridad social que debería ser el motor fundante de esa nueva orgánica participativa.

Esta nueva ciudadanía autodeterminante debe sentirse impulsada
a asumir un nuevo derecho: el derecho a crear su destino.

Debemos salir a persuadir que la acción creativa de la transformación social no es exclusividad de políticos profesionales sino que el privilegio y también el compromiso de construir la grandeza de la nación y la felicidad del pueblo le pertenece a toda la comunidad y sus organizaciones sociales.

Despertar este espíritu autodeterminante es la tarea fundamental del Movimiento Nacional para poder poner en marcha una nueva forma de democracia que nos pueda liberar. Las concepciones doctrinarias del peronismo son herramientas ideológicas que permitirán el ordenamiento de una nueva creatividad social para que la multiplicación de las organizaciones políticas y la enorme diversidad que significa una comunidad en marcha no caiga en el caos asambleario ni la anarquía institucional.


Recuperar el significado revolucionario de la doctrina
es transformarla en el basamento conceptual
de la creatividad masiva.

El movimiento se debe poner marcha para exigir el desarrollo de los ámbitos de discusión de un plan de concertación nacional para sacar a la argentina de su atolladero. Estos ámbitos que Perón proponía en la forma de Consejos son los nuevos cauces institucionales que pueden potenciar la participación de las organizaciones libres del pueblo.

El movimiento nacional no puede reducirse a pelear su inclusión en las listas de una futura puja electoral. Debe pelear institucionalmente para lograr los nuevos ámbitos de participación política que de forma permanente puedan abrir nuevos canales de reencuentro para romper el sentido sectorial del liberalismo y abrir el paso al desarrollo de una solidaridad nacional como paso previo a la Unidad Nacional anhelada.

Nuestra nueva democracia sigue basándose en el libre voto ciudadano.
Pero no queremos elegir a un grupo de privilegiados que administren
el Estado a espaldas de la comunidad. Queremos elegir a quienes junto
con el pueblo creen y construyan la felicidad del pueblo
y la grandeza de la Nación.

No somos lo mismo

Hoy el peronismo ha quedado igualado hacia abajo con el resto de las fuerzas políticas. Ante los ojos del ciudadano común se configuran como alternativa de oferta electoral el macrismo y las diferentes variantes peronistas todo en una misma bandeja. Las diferencias son discursivas y de planes de gobierno pero la institucionalidad y la forma de construir política es la misma. Esto demuestra la pérdida del rumbo revolucionario.


La primera consecuencia de poner en movimiento al movimiento es que comenzará a dibujarse nuevamente el contorno de los eternos proyectos en pugna. La patria o la colonia. Hoy ese enfrentamiento se nos presenta como dos proyectos de democracias. Una la democracia colonial, la que impide la maduración y el encuentro para dejar las grandes decisiones que la patria necesita en manos de unos Ceos que trabajan con una perspectiva electoralista permanente. Una democracia con una forma de participación que impide el debate y busca mantener el poder en manos de una plutocracia dominante donde el pueblo seguirá siendo explotado, sumiso y complaciente, entregado a una realidad prefabricada como un espectador distante y descomprometido.

La otra democracia es la que el peronismo debe promover, despertando la conciencia social de los argentinos y pregonando una participación plena de acuerdo a las potencialidades culturales que los pueblos tienen. Una democracia social participativa, integrada y popular.

Lo urgente

La urgencia de la contienda electoral de 2019 debe ser resuelta exclusivamente por la dirigencia peronista. Si entendemos al peronismo como una revolución inconclusa donde su institucionalidad está todavía en debate podrán difuminarse la inorganicidad liberal así como los pensamientos absolutos y los ideologismos sectarios. Si aceptamos que debemos ponernos de acuerdo en un punto de convergencia estratégico que incluye una nueva forma de democracia, el espíritu para enfrentar ese debate ayudará a  transformar la divergencia en diversidad enriquecedora. Definir el camino de una nueva democracia permitirá la unidad del movimiento nacional enfrentado la amenaza colonial de la democracia liberal que nos lleva rumbo a la disolución y el enfrentamiento interminable.

El espíritu militante mientras tanto, debe retomar el camino de la construcción revolucionaria impugnando la democracia burguesa y alentando la organización popular. Para eso la militancia debe retomar la mística revolucionaria de nuestros líderes fundacionales, Juan Perón y Eva Perón y profundizar la recuperación esperanzadora de Néstor Kirchner predicando sobre la necesidad del despertar de la conciencia social de la comunidad argentina.

Recuperemos la identidad revolucionaria del peronismo.
El debate hacia ese fin nos brindará el espíritu de conciliación que los peronistas necesitamos para poder enfrentar la  división de nuestras fuerzas. Transportemos luego ese espíritu al resto de la Comunidad y construyamos el camino de la unidad popular que
necesitamos para nuestra liberación.

Patria si colonia no!!

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