John Holloway

John Holloway,

un marxista rumbo a la autodeterminación popular.

 

Por Daniel Di Giacinti


La caída del muro de Berlín fue el ícono doloroso del fin de un sueño que durante mucho tiempo alentó esperanzas de justicia en amplios sectores de la humanidad. El fracaso de los procesos políticos alentados desde el marxismo dogmático provocaron un replanteo y una autocrítica profunda en los pensadores y filósofos de esa raíz ideológica. Es el caso del irlandés John Holloway considerado uno de los máximos referentes del movimiento anticapitalista (1).

Entre sus muchos libros se destacan Cambiar al mundo sin tomar el poder (2002) y Agrietar el capitalismo (2011). Sus últimos análisis se fueron desarrollando en base a la derrota de los intentos institucionales del marxismo dogmático que terminaron en estrepitosos fracasos: en Rusia, en China y Cuba.

 

"...En la mayoría de los casos, el resultado no ha sido otro que la reproducción de las relaciones de poder....que excluyen al pueblo, reproducen injusticias materiales y promulgan una sociedad que no potencia la autodeterminación." (2).

 

La base de su pensamiento se edifica sobre tres puntos fundamentales de analizar porque su resultante ideológica queda muy cerca de la del justicialismo.

El primero es su crítica al concepto de Vanguardia Esclarecida o Partido Revolucionario como forma de conducción ideológica verticalista de la revolución. El segundo, un reacomodamiento del concepto de lucha de clases que incorpora a su caracterización eminentemente Obrera el concepto de lucha popular sumando amplios sectores de la comunidad que también padecen las consecuencias de la explotación colonialista y por último la necesidad de construir una institucionalidad que se edifique ordenando la acción social de un pueblo en función de exterminar el camino fraticida del individualismo liberal.


Las vanguardias esclarecidas

 

Comienza Holloway detallando las dificultades que encuentran los movimientos de autodeterminación popular para ordenar su capacidad creadora -o como dice el autor su poder-hacer o poder-creativo-. Enfrenta el concepto de las vanguardias esclarecidas afirmando que:

" No existe ningún dios para decirnos si tenemos razón, ningún dios-partido que mire desde la perspectiva de la totalidad." (3)

“...para esta concepción, la conciencia revolucionaria de la necesidad de ir más allá del capitalismo debe ser introducida desde afuera, por los revolucionarios profesionales del partido.

Los obreros de Lenin son muy diferentes a la gente común de los zapatistas. Los obreros de Lenin son limitados, contenidos dentro de ellos mismos. Están contenidos dentro de su papel en la sociedad, están definidos. Pueden ir mas allá de sus límites solamente si son llevados de la mano de la gente de afuera, por revolucionarios profesionales....” “...si partimos de un sujeto limitado e identificado, el camino hacia adelante se puede concebir en términos de pasos limitados e identificados, pero estos pasos limitados e identificados sólo pueden conducir a una sociedad limitada e identificada (como la Unión Soviética) que no es donde queremos llegar....” (4)

 

Es que desde el momento que alguien imagina una solución y propone un camino a recorrer y marca el final del mismo como una meta estratégica a alcanzar - por ejemplo la socialización de los medios de producción- , circunscribe la acción del resto de los probables protagonistas políticos a discutir simplemente las acciones coyunturales y secundarias para alcanzar la meta preestablecida.

Quizás fuera una fórmula correcta -en realidad la única posible- en épocas donde los pueblos no poseían ni el nivel cultural, ni la proporción y convicción como individuos, ni la información cultural necesaria para poder sustentar una proceso de autodeterminación comunitaria. Sin embargo esto cambió en los principios del siglo XX, con la aparición de los medios de comunicación de masas y del hombre nuevo que hoy se ha potenciado exponencialmente con la multiplicidad conectiva y directa proporcionada por la internet y la tecnología digital.

 

Ya no es posible la cristalización ideológica de los senderos políticos a recorrer, sino que se deber buscar una nueva forma orgánica que permita la estructuración del poder desde una óptica diferente.

Las ideologías abstractas facilitan la creación de organismos políticos por su simpleza soberana. Es claro que estos organismos se pueden definir con claridad al converger en ideas concretas y postulados preelaborados. Sin embargo esta facilidad para la instrumentación orgánica, provoca un feroz verticalismo donde sus seguidores sólo pueden participar como actores secundarios.

 

Con estos esquemas orgánicos los pueblos quedan circunscriptos a decisiones de carácter coyuntural y prácticamente decorativas en el espectro del marxismo dogmático, tendiendo a una burocratización y la indiferencia. Mientras que en el espectro del liberalismo individualista son alimentados por una falsa libertad de acción donde la participación acotada a elegir a los representantes de la administración del Estado los condena a una vida basada en un materialismo consumista y falto de valores solidarios y sociales.

La falta de creatividad social genera una lenta burocratización debido al desánimo que provoca en los pueblos no poder implementar el enorme potencial participativo que esta nueva revolución cultural les brinda. Además, en ambos casos –liberalismo y marxismo- los pueblos quedan imposibilitados de crecer y madurar en términos de su cultura política ya que tienen truncas su posibilidad de acción social, siendo entonces fácil presa de las depredaciones de las corporaciones imperialistas y sus cómplices oligárquicos nativos que aprovechan esa incultura política para dividirlos, enfrentarlos y debilitarlos.

 

La pregunta inicial se mantiene en pie, como lograr una identidad política respetando la creatividad popular o el poder-creativo que plantea Holloway? Cómo conseguir una unidad conceptual que permita la organización de las nuevas estructuras políticas sin afectar el libre albedrío individual?

 

El peronismo resolvió este problema de una forma inédita afirmando que la unidad conceptual debe lograrse antes de poner en marcha el proceso creativo de la autodeterminación popular. Es decir lograr una unidad en la apreciación de la realidad y una tabla de valores sobre lo correcto e incorrecto sintetizados en principios generales.

Logrando una unidad conceptual previamente a la acción participativa, el resultado de la acción creativa -sea cual fuera ella- mantendría una identidad clara y representativa del conjunto, pese a la amplia gama de matices e intereses que subyacen en una comunidad moderna.

 

Los pueblos no mantendrán un pensamiento unívoco sino que seguramente participarán con una amplia gama de sub identidades ideológicas y culturales, pero el conjunto se moverá -gracias a la unidad conceptual-, monolíticamente en su acción contra de los intereses del colonialismo. Esta identidad permitirá un ordenamiento orgánico funcional al proceso.

La valoración unificada de principios fue condensada por el peronismo en una Doctrina Nacional que se difundió al pueblo a través de un trabajo sistemático de sus líderes funcionales y especialmente de las organizaciones de trabajadores. Hoy el movimiento peronista posee en sus basamentos populares una unidad conceptual que luego de más de sesenta años de lucha se ha ido transformando en valores culturales permanentes del pueblo constituyéndose en el más claro logro de la revolución y el reaseguro de la liberación.

 

Volviendo a Holloway, el peronismo resuelve de esta forma la construcción de "un conocimiento directo de la realidad" sin quedar "refractado a través de su negación" por el poder del sistema colonial "el poder de las cosas". La participación creativa de los pueblos va desarrollando una ética que se enfrenta en términos de valores morales con la ideología individualista del capitalismo. Claro que para ello tiene que encontrar el cauce orgánico que le garantice un desarrollo creciente. Este cauce que el peronismo propone a través de su unificación conceptual, permitiría el crecimiento de la ética revolucionaria fundamental en el peronismo: la solidaridad social.

Sólo el aumento de la solidaridad social en la comunidad puede quebrar el aislamiento individualista y lograr la Unidad Nacional. El camino de la construcción de una moral revolucionaria no debe esperar una transformación previa de los medios de producción porque en realidad la mística materialista del individualismo se sostiene desde un "no valor" como es el egoísmo. Por lo tanto no se lo combate solucionando un problema de carácter material como lo es la injusticia social, sino poniendo en marcha un accionar político sostenido por el valor contrapuesto como es la solidaridad.

 

La solidaridad revolucionaria del peronismo vive en las acciones de todos sus estamentos orgánicos, sean estos barriales o gremiales. Esta mística revolucionaria fué sintetizada claramente en su doctrina social, y además en el devenir de su lucha el movimiento nacional y el pueblo la iconizó en la inolvidable figura de Evita.

 

El hacer social proclamado por Holloway encuentra en el peronismo un cauce natural de acción, es el pueblo que impondrá su creatividad y su accionar. El peronismo se ofrece simplemente como una herramienta organizativa para que esa transformación multitudinaria pueda concretarse y hacerse posible.

 

 

¿Donde está la lucha de clases?

 

"...Quizás hoy en día el argumento más común contra la teoría marxista no sea que está equivocada en su crítica al capitalismo, sino que está equivocada en insistir sobre la importancia de la lucha de clases. Los males del capitalismo son obvios para todos, ¿pero dónde está la lucha de clases de la que los marxistas no dejan de hablar?...""...es fácil ver la lucha pero ¿se trata de lucha de clases? ¿Dónde ha estado el movimiento obrero durante los últimos veinte o treinta años? Desde luego, no estaba liderando la revolución. Entonces ¿No sería mejor hablar de nuevos actores sociales o simplemente de "multitud"?..." (5)

 

Este giro respecto a la lucha de clases permite acercarse a la concepción del justicialismo para el cual el "motor de la historia" no es la lucha de clases sino la lucha entre pueblos e imperialismos. Una lucha donde la producción política no depende de la inserción en el aparato productivo sino en la concientización sobre la situación colonial, que puede darse en todos los sectores sociales.

No es la explotación desde un aspecto materialista lo que provoca la rebeldía ante la injusticia, sino el rechazo al no-valor que la impulsa: el egoísmo capitalista. Por lo tanto la injusticia social debe resolverse con la creación de un régimen político que resuelva ese aspecto material con el poder político que le brinda la imposición del valor contrario: la solidaridad.

 

En este aspecto también Holloway coincide:" Es la lucha de clases no porque llevemos gorros de tela/overoles de obrero. ...Es lucha de clases no porque queramos ser la clase obrera, sino porque no queremos ser la clase obrera...." Es el capital el que nos clasifica. Es el capital el que nos dice todos los días: "No tienes propiedad, debes venir y trabajar para nosotros...La lucha del capital es para separar los hacedores del flujo social del hacer, pero esta misma separación significa que las personas ya no se conciben a sí mismas como hacedores ni tampoco como sociales. La separación significa que las personas aparecen como individuos y como seres antes que como hacedores". (6)

En este punto para Holloway la lucha por el capitalismo se basa en impedir el flujo participativo de las democracias populares y define claramente dos clases concretas: una la que lucha por un proceso participativo que se inspira en una acción social, que lucha por madurar culturalmente logrando grados de solidaridad crecientes hasta alcanzar el objetivo de la Unidad nacional.

 

La otra clase es la que pertenece al anti pueblo o la comunidad colonizada que abstraída en una actitud materialista y hedonista, acepta la fantasía de la "libertad administrada" del liberalismo y se entrega a una vida superficial y falta de todo compromiso. La lucha entonces contra la injusticia social y la explotación del capitalismo salvaje se da en el plano de la lucha cultural contra el colonialismo individualista que condena a un tipo de participación política acotada aislando al ciudadano de la acción social comunitaria.

 

Nos venden una participación que supuestamente nos brinda la libertad cuando en realidad es una participación política que nos condena a la dominación. La única forma de madurar y adquirir mayores grados de conciencia política revolucionaria es a través de la participación política total, donde el pueblo pueda opinar sobre los grandes temas nacionales. Este es el camino revolucionario del justicialismo: la autodeterminación política de la Comunidad Organizada.

"...La revolución es el movimiento del poder-hacer . En primer lugar, se puede aludir al poder-hacer como a las "fuerzas de producción", ya que el hacer humano es la única fuerza creativa, la única fuerza de producción. Sin embargo, la manera en que se ha entendido la expresión "fuerzas de producción" en la tradición marxista (después de Marx), como refiriéndose a la tecnología, oculta el punto básico: es el poder creciente de la creatividad humana (del flujo social del hacer) que entra en conflicto constante con las relaciones de producción existentes, basadas en el rompimiento de la creatividad social..." (7)

 

Este quizás sea el punto más relevante del pensamiento de Holloway que reconoce la necesidad de respetar la creatividad social de la comunidad para lograr enfrentar las fuerzas del individualismo que tienden a la acción contraria. Es decir, fomentar el tabicamiento del ciudadano, convenciéndolo de la necesidad de dejar la administración del Estado así como también las grandes decisiones a una clase política profesional.

 

 

¿Verticalismo o antiverticalismo?

 

Lo que aparece como algo insalvable en el pensamiento de Holloway es como ordenar el proceso creativo, ya que en función de la mala experiencia de los procesos del marxismo dogmático, se encuentra absolutamente reticente a cualquier ordenamiento de carácter vertical. Ya sea de una organización, un partido o un estado.

Dice Holloway:

"...el Estado no es cualquier forma de organización, es una forma de organización desarrollada a través de los siglos para exprimir a la gente; es una organización caracterizada por su separación respecto de la sociedad. En el mejor de los casos, el Estado dice: "Ustedes no se preocupen, nosotros resolveremos sus problemas; nosotros actuamos en beneficio de la sociedad". Pero esto quiere decir que el Estado está destruyendo la sociedad (es como si los padres, pensando que benefician a sus hijos, hacen en su lugar lo que deberían hacer ellos. Estarían destruyendo a los niños!). La idea del Estado como forma de organización es incompatible con la idea de la autodeterminación. Y si la sociedad que queremos es una sociedad que se autodetermine, no tiene mucho sentido pensar que la podemos crear a través de instituciones diseñadas explícitamente para excluir esa posibilidad."

 

"Lo que ha pasado en el siglo XX, básicamente, es que los revolucionarios eran personas comprometidas con la idea de la transformación social, pero trataron de llevarla a cabo a través del Estado. Eso empero, no significa que no se pueda transformar la sociedad autodeterminante, la sociedad comunista si se quiere. Por esta razón, durante los últimos años crece la idea de que no se puede transformar la sociedad mediante una revolución a través del Estado. Eso, empero, no significa que no se pueda hacer la revolución; lo que quiere decir es que debemos encontrar otra forma de hacer la revolución, separando la idea de revolución de la idea de conquista del Estado...." (8)

Una clave para poder entender como resuelve este tema el justicialismo es comprender que si bien las ideologías abstractas preelaboradas deben dejarse de lado esto no significa que no pueda construirse una nueva identidad ideológica. Un identidad ideológica que debe ser el producto de la acción transformadora de un pueblo como consecuencia de su participación social.

 

Pero indudablemente que es necesario una autoridad rectora del proceso. Esta nueva verticalidad revolucionaria del peronismo es producto de la unidad conceptual que promueve y que genera que tanto el dirigente como el dirigido compartan una unidad en la acción política. Las acciones deben ser resueltas por los mas capacitados, por los mejores, pero los objetivos y los principios de las acciones son compartidos por todos, de esa forma no son una verdad revelada, sino una acción desarrollada con eficacia y astucia por parte de quien detenta la autoridad. El pueblo verá reflejada en la acción política de sus dirigentes la concreción de los deseos comunes, no como una sorpresa sino como una ratificación de lo compartido por todos.

El peronismo no habla de dirigente sino de conductor, precisamente por estas características especiales. Hay una unidad de concepción y por lo tanto de acción entre el pueblo y su dirigencia, nadie puede avanzar por si sólo ya que el propio poder depende de la multiplicidad popular.

 

Por eso afirmamos que solo se conduce lo adoctrinado, lo que previamente ha acordado unificar una serie de principios y valores respecto de la apreciación de la realidad. Sumarse al movimiento nacional significa entonces sumarse a esa valoración común –sintetizada en las veinte verdades peronistas- que es la base de identidad ideológica del movimiento nacional.

Abandonar entonces el sentido de la preelaboración ideológica significa en términos sencillos afirmar: “ buscamos la justicia social, la independencia económica poniéndola al servicio del desarrollo social, buscamos la soberanía política del pueblo, pero las formas en que estos objetivos se van a conseguir no los conocemos. En ese aspecto podemos afirmar que no conocemos los caminos y no nos importa, porque esa decisión será del conjunto. Sólo podemos precisar que buscamos la grandeza de la Nación y la felicidad del pueblo. Podremos aportar nuestra opinión personal, que deberá respetar los principios valorativos comunes, pero que quedará sujeta en su aplicación a las distintas decisiones que la práctica política vaya planteando.

 

En ese camino se irá delineando la identidad de la revolución pero cual será las formas finales que asumirán son para nosotros un misterio. Cuál será la forma definitiva que tomarán las relaciones económicas en este camino de buscar una justicia social no las conocemos, porque serán definidas por el pueblo y por la interpretación de sus dirigentes en su construcción común. No sabemos, si construiremos una patria cooperativa o un socialismo atemperado o un régimen mixto de amplio control estatal sobre la actividad privada. No lo sabemos ahora, porque la decisión deberá ser de la comunidad para que tenga además poder de sustentación para su realización.

La doctrina justicialista se adapta perfectamente a esta dinámica. Las 20 verdades del peronismo y los basamentos condensados en su historia y su doctrina no son una regla fija a seguir ni ejemplos a construir. Son grandes líneas de acción, y tanto los dirigentes del justicialismo como el pueblo están imbuidos de estos principios rectores por lo cual el camino es ir desarrollando los ámbitos de participación colectiva que permitan el desarrollo del proceso que vaya delineando las estructuras socio- políticas que deseamos construir entre todos.

 

La idea es que la unidad conceptual que brinda la doctrina provocará que las acciones que se vayan desarrollando por la comunidad tendrán una identidad profundamente anticolonialista y una clara direccionalidad.

 

Solo nos aferramos a una unidad de principios comunes que permiten ordenar el proceso, pero la definición final estará en manos del pueblo.

 

A forma de síntesis final podemos afirmar que John Holloway está en el camino correcto de postular como herramienta de liberación social al proceso de autodeterminación comunitaria, uniéndose en esto a los objetivos propuestos por Juan Perón en la Comunidad Organizada. En su planteo queda sin solución la forma orgánica de construcción política de un nuevo poder que sí es resuelto por el peronismo con sus basamentos doctrinarios, con su unidad conceptual y con su acción popular.

 

 

 

 

 

(1) John Holloway nació en Dublin, Irlanda , en 1947, y actualmente reside en México, más precisamente en Puebla, profundizando y abrazando la causa de el levantamiento zapatista. Holloway es Licenciado en Lenguas Modernas y Derecho (Universidad de Cambridgge), doctor en Ciencias Políticas (Universidad de Edimburgo), doctor en Ciencias Políticas (Universidad de Edimburgo) y diplomado en altos estudios europeos en el College d'Europe, es actualmente profesor e investigador del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Puebla y uno de los máximos referentes internacionales del movimiento anticapitalista.
(2) John Holloway. Cómo cambiar el mundo sin tomar el poder. Desagrabación de video.
(3) John Holloway. Acerca de la revolución. Capital Intelectual, 2012.
(4) Ibídem.
(5) Ibídem.
(6) Ibídem.
(7) Ibídem.
(8) Ibídem.

 

 

 

Documentación recomendada:

 

Agregamos a este relato una serie de documentos donde podremos apreciar la línea de pensamiento de John Holloway y un video sobre el Encuentro del buen vivir realizado en Puebla el 12 de marzo de 2012 donde debatieron John Holloway y Enrique Dussel.

 

Agrietar el Capitalismo, el hacer contra el trabajo. Entrevista a John Holloway

 

Cambiar el mundo sin tomar el poder

 

 

 

 

Video

Debate Holloway - Dussel

Encuentro del buen vivir realizado en Puebla el 12 de marzo de 2012

Duración: 4 horas 29 minutos

Contenido:

La discusión versa en que para Holloway no es posible respetar la creatividad popular o como él dice el “deber-hacer”, con una autoridad verticalista sea un estado un partido político o cualquier otra. Por otro lado Dusell explica la participación instrumentada por Venezuela con el proyecto de Poder Ciudadano y demuestra que el Estado puede ser una herramienta fundamental para la luchas populares.

Ambos pensadores tienen parte de razón, pero ninguno acierta en la solución. Es verdad que el verticalismo de las dirigencias políticas, destruye las posibilidades de los procesos creativos de la autodeterminación popular, pero también es cierto que se necesita que esta participación encuentren un cauce orgánico que permita la construcción de un poder político que permita su consolidación e institucionalización.

Este proceso es resuelto por el peronismo con la unidad conceptual doctrinaria que alcanza por igual al pueblo y sus dirigentes. Este basamento valorativo es el que permite que la verdad sea una construcción en común entre el pueblo y sus conductores.


Entrar

 

 

 

 

Fundación Villa Manuelita

Material de libre difusión

Agradecemos su reenvío